Los terremotos de 2011 hicieron caer
toneladas de cascotes a las calles. Los seísmos demostraron que las fachadas de
la ciudad no estaban diseñadas para soportar una embestida tan violenta. Ahora,
13 meses después, centenares de edificios se encuentran en plena cirugía para
reparar las heridas de los temblores y para convertir sus fachadas en elementos
seguros.
¿Qué hemos aprendido de esa tragedia?
Entre otras cosas, que la normativa de construcción sismorresistente, en vigor
desde 2002, no era suficiente para un terremoto de esas características
teniendo en cuenta los daños más comunes causados en los edificios que tenían
que ver con la caída de revestimientos de las fachadas y de los antepechos que
rematan su parte más alta. Estos defectos constructivos fueron los más
peligrosos y la prueba es que provocaron la mayor parte de las víctimas de
aquel desgraciado 11 de mayo.
Por eso, el ayuntamiento promulgó unas
normas complementarias del Plan General Municipal de Ordenación (PGMO) que
denominó 'Recomendaciones constructivas de adecuación sismorresistente' porque
«la capacidad de legislar en este asunto no es municipal», aclara el concejal
de Urbanismo, José Joaquín Peñarrubia.
Pero ¿se están cumpliendo esas recomendaciones?
y ¿hasta qué punto hemos aprendido la lección? Si damos un paseo por la ciudad,
a simple vista se observan muchos cambios que han modificado la fisonomía de
fachadas y de elementos comunes del interior de cientos de edificios.
Iván Gea, gerente de la empresa de
Administración de Fincas Fincadelia que gestiona más de 100 comunidades de
propietarios en el municipio, asegura que los vecinos, en general, están
bastante concienciados para que las reparaciones que hay que efectuar cumplan
los criterios de seguridad, sobre todo en cuanto a los elementos que se puedan
desprender de las fachadas. «Todos conocemos algún caso de accidentes
producidos por la caída de petos o zócalos de los edificios» a consecuencia de
los terremotos y «no queremos que esto se repita si viene otro de estas
características».
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Añade Gea que son los propios vecinos
los que quieren sustituir el granito o el mármol de la fachada por otro
material «que no se desprenda tan fácilmente y colocar barandillas en lugar
reconstruir los petos dañados en las terrazas». Lo que se está haciendo en
muchos casos en el caso de las fachadas y zaguanes es dejar solo un zócalo de
metro o metro y medio de revestimiento y enlucir el resto con cemento.
También se están siguiendo las
recomendaciones de colocar los aplacados mediante anclajes que garantizan la
estabilidad frente a acciones sísmicas, «eso al menos es lo que aseguran los
constructores, ante el interés de los vecinos por saber si pueden volver a
caer», dice Gea. Y es que son muy pocos los edificios de los que no se
desprendieron planchas de granito o mármol con los terremotos.
Se busca lo barato
En los edificios con daños
estructurales graves, los propietarios se han dejado llevar por los proyectos
de reparación estructural de técnicos especializados a la hora de reparar
pilares pero en las viviendas en las que los destrozos han sido menores, en los
que las actuaciones se han ceñido simplemente a pequeñas reparaciones de
albañilería, los vecinos han optado por seguir los consejos de las empresas
constructoras para la rehabilitación.
«En estos casos han escatimado, han
ido a lo más barato y no han querido gastarse el dinero en un informe técnico
pese a que se lo hemos aconsejado», asegura Gea porque «los detalles también
son importantes por insignificantes que parezcan».
En esas circunstancias, es fundamental
si los vecinos han salido bien parados con la tasación de los daños del
Consorcio de Compensación de Seguros. «Si hay poco dinero en la comunidad, se
repara lo mínimo para poner de su bolsillo lo imprescindible», confiesa el
gerente de Fincadelia.
Según el arquitecto Simón Ángel
Ros,«los técnicos no tienen posibilidad de revisar si las cosas se están
haciendo bien o no» por tanto «no hay control de si se están cumpliendo las
recomendaciones constructivas, hay cierta dispersión»,añade el arquitecto para
el que los terremotos «hicieron una radiografía de todos los puntos débiles de
los edificios en décimas de segundo, nos echaron en cara en un instante
cualquier detalle precario que pudiera haber». El arquitecto afirma que los
seísmos han demostrado que «donde se han producido los daños ha sido en
elementos de construción poco ortodoxa, como pilares y recubrimientos».
Las comunidades de propietarios están
optando de forma generalizada por la sustitución de las tradicionales puertas
de entrada a los edificios con pesadas rejas de hierro por otras más diáfanas y
dúctiles de acero inoxidable. En muchos casos, dice Ros, «las garras de
sujeción de las puertas de entrada estaban fijadas a elementos estructurales
como pilares y esto era un disparate». El arquitecto afirma que «estamos
insistiendo mucho en que las cosas se hagan bien pero cuando paseo por la calle
veo errores que no se están corrigiendo».
En cuanto a los cerramientos de locales
en planta baja clausurados con ladrillo porque no tienen actividad, «todos se
cayeron hacia la calle porque el ladrillo empleado era demasiado fino», dice el
concejal de Urbanismo. Ahora se están siguiendo las recomendaciones de «colocar
una baldosa de mayor grosor» o un sistema de cerramiento ligero con perfilería
metálica y placa de yeso.
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